Eran aproximadamente las 5 de la tarde, después de parquear el coche en un estacionamiento cercano, comencé a  caminar lentamente hacia un parque en el cual había quedado de encontrarme con dos prostitutas a las que llevaría más tarde a un apartamento, que había alquilado cerca de aquel lugar. 

Al llegar al punto de encuentro, me senté en un pequeña banca oxidada, encendí un cigarro y me dispuse a esperar tranquilamente a mis invitadas. Ya hacía tres semanas que venía sosteniendo este tipo de encuentros.

Hasta hace un mes nunca había tenido sexo con una mujer dedicada al oficio más viejo del mundo, llevaba casado cuatro años, y tenía una vida  feliz o por lo menos eso creía. Había culminado mi carrera en leyes y conseguido un trabajo en una oficina del gobierno. 

Todos los días,  durante casi tres años,   pasaba más de ocho horas sentado frente a un ordenador revisando casos de cabrones que se deleitaba infringiendo la ley, recibiendo  órdenes de cerdos burocráticos que desahogaban su miseria con cualquier imbécil que estuviera por debajo de ellos y aguantando los semáforos,  las bocinas y los insultos de los trancones vehiculares diarios.

Finalmente lograba llegar a casa. Luego de ducharme y de cenar, tenía sexo con mi esposa. Al principio lo disfrutaba tremendamente, lograba desahogar mis instintos  y reposando mi cabeza entre sus tetas conseguía convencerme de que era un hombre feliz. Cada dia la cinta se reseteaba, en la mañana iba a trabajar y en la noche, luego de eyacular mecánicamente  descansaba sobre el cuerpo de mi “amada” tratando de hallar energías para levantarme al dia siguiente. 

Sin embargo, la monotonía fue tejiendo cada hilo en nuestros días, aquellas dulces tetas, en las que antes encontraba razones para aguantar la mierda del dia a dia, ya un poco mas caidas, solo me recordaban  la intensa saciedad de la rutina que semana tras semana me hacía cuestionar el sentido de seguir vivo. 

Recuerdo que antes de casarme solía conciliar el sueño imaginandome  en medio de aquellas largas piernas cada noche al regresar de mi trabajo como abogado.  Mi sueño, mi dulce sueño, tristemente se había convertido en una monótona realidad, había perdido todo encanto y con cada día que pasaba me acercaba mas al abismo.

Hace poco más de tres semanas un frío martes de otoño, al salir de la ducha vi a mi esposa desnuda reposando  sobre la cama. naturalmente me sentí seducido. Sin embargo, antes de volcarme encima, me detuve un momento a observar la escena, era el  mismo cabello, los mismos senos, la misma sabana, la misma hora, la misma mirada y sobre todo la misma aterradora sensación de que nada cambiaría

En aquel instante me di cuenta que si no huía ahora, mis instintos biológicos me atarían a aquel dejavu eterno. Salí huyendo sin mediar palabra. Al día siguiente renuncié a mi trabajo,  había hecho pedazos aquel sueño juvenil. todo estaba perdido. durante las últimas tres semanas me la habia pasado en un viejo apartamento de los suburbios tirado sobre un sofá, tomando vino, escuchando tango y fumando cigarro, solo salgo los martes a buscar prostitutas.  no me siento bien, tampoco me siento mal, pero con toda seguridad, aún, sin un futuro, me siento más tranquilo 

Mientras le daba la última bocanada a mi cigarro, veo acercarse a mis dos invitadas,  camino hacia ellas, las conduzco a mi carro y luego al pequeño agujero donde ahora vivo, les ofrezco una copa de vino y las observó lentamente mientras se desnudan. minutos después las tengo encima mío, siento sus tetas, sus manos y sus labios en todo mi cuerpo, me llenó de terror el reconocer algo familiar en aquellas caricias, en ese momento me di cuenta que también me había acostumbrado a las putas. y que pronto, estaría saciado de esta vida que ahora llevaba. ¿qué quedaría entonces?.